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Guía prácticaJulio 20264 min de lectura

Quién es el dueño de esta decisión.

Cuando un asunto se debate varias veces y no se resuelve, puede faltar algo más sencillo que otra reunión: saber quién tiene que decidir, qué necesita y quién seguirá el caso hasta el final.

«Vamos a darle una vuelta» puede ser una respuesta razonable. A veces falta información o conviene escuchar a alguien antes de elegir. Lo que me hace detenerme es encontrar el mismo asunto en la siguiente reunión sin que haya cambiado nada: vuelven los argumentos, nadie sabe qué faltaba y el acuerdo consiste otra vez en revisarlo más adelante.

Ante ese atasco, yo empezaría preguntando quién tiene que tomar la decisión. Parece evidente hasta que aparecen varios nombres o todo el mundo mira a dirección. La participación puede estar bien repartida y la responsabilidad de continuar, completamente difusa. Aclarar esa diferencia permite empezar a mover un asunto que lleva tiempo ocupando conversaciones.

Distinguir participar, decidir y llevarlo a la práctica

Pensemos en un cambio del horario de atención. Quienes atienden conocen cuándo llegan más consultas; quien organiza los turnos sabe qué capacidad hay; otras personas pueden anticipar consecuencias para el servicio. Hace falta escuchar esas aportaciones y reconocer a quién corresponde finalmente aprobar el cambio.

Me resulta útil separar esos papeles y explicar qué esperamos de cada uno. Una persona puede aportar información sin tener que autorizar. Otra puede ejecutar lo acordado sin ser quien decide sobre los medios. Si no lo hablamos, alguien puede esperar un permiso que nadie sabía que tenía que dar.

Uso la palabra «dueño» para recordar que el asunto necesita seguimiento hasta resolverse. Cuando decide un órgano colegiado, una persona puede preparar la información y cuidar ese recorrido, aunque la decisión corresponda al conjunto. Mantener la diferencia evita atribuir a alguien una capacidad que no tiene, especialmente en organizaciones públicas.

En el ejemplo del horario, dejaría claro quién reúne los datos, quién debe ser consultado y en qué momento se puede tomar la decisión. Así cada aportación tiene un propósito y la próxima conversación puede partir de lo que falta, en lugar de repetir lo que ya se sabe.

Dar condiciones para que la persona pueda decidir

Poner un nombre no resuelve por sí solo el problema. Quien decide necesita entender el alcance, disponer de información y conocer las condiciones que debe respetar. Si le asigno la responsabilidad y después le exijo consultarme cada detalle, el atasco permanece donde estaba.

También revisaría qué dato necesitamos realmente. Puede ser útil conocer la demanda por franjas horarias y la capacidad de los turnos. Quizá no haga falta esperar un estudio mucho mayor para probar un ajuste acotado, si quien tiene la atribución considera que hay margen. La preparación debe guardar relación con las consecuencias de la decisión.

Me preguntaría cuánto cuesta corregir un error y a quién afecta mientras tanto. Un cambio pequeño en una página interna puede permitir una prueba sencilla. Una condición que modifica la atención a clientes o ciudadanos exige preparar mejor sus efectos y seguir el cauce correspondiente. El criterio ayuda a decidir cuánto contraste necesita cada caso.

Este atasco aparece también cuando trabajo solo. Puedo mantener «revisar proveedor» en una lista durante semanas porque nunca he escrito qué debo comparar ni cuándo voy a elegir. Ser la única persona que decide no ordena automáticamente la información ni reserva la atención necesaria para hacerlo.

Comprobar que el asunto ha encontrado una salida

Antes de cerrar la conversación, anotaría quién continúa, qué falta y cuándo habrá una respuesta. Si existe un desacuerdo, recogería qué criterio se utilizará para resolverlo. Eso permite reconocer si la siguiente reunión aporta algo nuevo o si el asunto ha vuelto a quedarse sin atención.

Después de decidir, todavía hace falta que alguien ponga en práctica el acuerdo y compruebe su efecto. En nuestro cambio de horario, habría que informar, preparar los turnos y revisar cómo funciona. Dar por cerrado el asunto en el momento de aprobarlo puede dejar pendiente la parte que afecta a las personas atendidas.

Miraría también el conjunto de decisiones abiertas. Si todas dependen de la misma persona, quizá el problema esté en su carga o en el margen que conserva el equipo. Un listado de responsables ayuda a ver esa concentración, pero hará falta cambiar las condiciones para que las decisiones tengan una salida.

La mejora que buscaría es sencilla de reconocer: menos asuntos que vuelven sin avanzar y más claridad sobre qué necesita cada uno. Para conseguirla, suele ser más útil seguir un caso hasta el final que introducir una nueva reunión de seguimiento sobre todos los pendientes.

Un primer paso

Escoge un asunto que haya pasado por dos reuniones y contrasta con las personas implicadas quién decide, qué información falta y quién la conseguirá. Acordad cuándo habrá una respuesta y quién llevará a la práctica lo decidido. Revisad después si ese recorrido se ha cumplido o dónde volvió a detenerse.

Seguir la conversación

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